fbpx

Las cinco dimensiones de la discusión sobre transgénicos: Un aporte para enriquecer el debate

Agricultura, Ciencia, Pensamiento críticoNo Comments

Estas aquí:Las cinco dimensiones de la discusión sobre transgénicos: Un aporte para enriquecer el debate

Nuevamente, en estas últimas semanas, se ha posicionado en la agenda pública la discusión sobre transgénicos en general y sobre cultivos transgénicos en particular. La intención con este artículo es ayudar a ordenar el debate, y plantear un esquema para que la discusión sea fructífera y basada más en evidencia que en ideología.

Creo que es importante definir que en esta discusión, se pueden identificar al menos cinco dimensiones dentro de las cuales se puede discutir el tema de transgénicos. Estas dimensiones son: La dimensión agrícola-productiva, la dimensión ambiente-alimentos-salud, la dimensión normativa-legal, la dimensión socio-económica, y la dimensión político-ideológica. La tesis es que la discusión será más fructífera si se tiene claro dentro de qué dimensión se está hablando, y se hace el esfuerzo de agotar la discusión en esa dimensión antes de pasar a discutir dentro de otra dimensión. El pasar de una dimensión a otra, o simplemente recurrir a discutir una sola, dificulta el argumento, y elimina la posibilidad de sacar algo de la discusión. A continuación paso a detallar la principal evidencia que respalda el uso de los transgénicos dentro de cada dimensión.

Dimensión agrícola – productiva

Uno de los principales argumentos a favor de los cultivos transgénicos es que, desde el punto de vista productivo, reduce las pérdidas debidas a factores adversos. De hecho, la mayoría de los eventos transgénicos aprobados para su uso comercial tienen resistencia a enfermedades, resistencia al ataque de insectos, o tolerancia a herbicidas que facilitan el control de malezas. Estos tres factores (enfermedades, insectos y malezas) causan en promedio pérdidas en la producción agrícola a nivel mundial estimadas en 42% aproximadamente.

La reducción de pérdidas se suele confundir con el incremento de rendimiento, el cual se logra haciendo más eficiente la fotosíntesis y la acumulación de biomasa. Aunque existen cultivos transgénicos para incrementar su tasa fotosintética y así su rendimiento, su funcionamiento es distinto al de los que reducen pérdidas. Básicamente la reducción de pérdidas permite a los cultivos expresar el 100% de su potencial genético, que normalmente se encuentra limitado por factores adversos. Es por eso que se confunde la disminución de pérdidas co incrementos en el rendimiento. Sin embargo, y para facilidad de comprensión, se referirá de aquí en adelante a este efecto como “incremento en el rendimiento”.

La evidencia científica respecto a los beneficios de los cultivos transgénicos en esta dimensión es abundante. Como ejemplo, dos meta-análisis relativamente recientes: A Meta-Analysis of the Impacts of Genetically Modified Crops por Wilhelm Klümper y Matin Qaim de la Universidad de Goettingen, Alemania, publicado por la revista PlosOne; e Impact of genetically engineered maize on agronomic, environmental and toxicological traits: a meta-analysis of 21 years of field data por Elisa Pellegrino, Stefano Bedini, Marco Nuti y Laura Ercoli de la Escuela de Estudios Avanzados Sant’Anna de Pisa, Italia, publicado por la revista Nature. En ambos artículos, se menciona que el beneficio respecto al rendimiento de estos cultivos es significativo y en ambos estudios se reportan incrementos indirectos de los rendimientos (reducción de las pérdidas). Específicamente, Klümper y Qaim reportaron que “en promedio, la tecnología transgénica ha aumentado el rendimiento de los cultivos en un 21%” y que “estos aumentos de rendimiento no se deben a un mayor potencial de rendimiento genético, sino a un control de plagas más eficaz y, por lo tanto, a un menor daño a los cultivos”. Por su parte Pellegrino y colaboradores reportaron que “los híbridos de maíz transgénico aumentaron el rendimiento en un 10.1%, correspondiente a 0.7 t·ha-1, calculado sobre el rendimiento de grano promedio de las isolíneas transgénicas o cercanas a las isolíneas”.

En el estudio Global Status of Commercialized Biotech/GM Crops: 2019 por el International Service for the Acquisition of Agri-biotech Applications (ISAAA) se reportó que los cultivos biotecnológicos incrementaron “la productividad de los cultivos en 822 millones de toneladas” entre 1996 y 2018; y “86.9 millones de toneladas” solo en 2018.

El estudio GM crop technology use 1996-2018: farm income and production impacts por Graham Brookes y Peter Barfoot de PG Economis Ltd. en el Reino Unido y publicado en la revista GM Crops & Food en 2020 reportó, para cultivos transgénicos resistentes a insectos, que “el impacto medio en el rendimiento de la superficie total sembrada con estas características durante los 23 años transcurridos desde 1996 ha sido del + 16.5% para el maíz y del + 13.7% para el algodón”.

Anteriormente, el año 2010 los autores Julian Raymond Park, Ian McFarlane, Richard Hartley Phipps y Graziano Ceddia de la Universidad de Reading en Reino Unido y habían reportado en el artículo The role of transgenic crops in sustainable development publicado en la revista Plant Biotechnology Journal que “los cuatro principales cultivos transgénicos, en el peor de los casos, han sido neutrales en relación con el rendimiento y en muchos casos han aumentado los rendimientos”.

En Bolivia, en un intento deshonesto de argumentar que esta tecnología no produce estos beneficios, se ha intentado mostrar que no se han incrementado los rendimientos de soya desde la implementación de soya transgénica. Sin embargo esta conclusión se saca mostrando los datos desde antes de la adopción mayoritaria de esta soya y obviamente los rendimientos anteriores a su adopción mayoritaria distorsionan la conclusión. Si se observan los rendimientos desde el año 2009 en el cual la soya transgénica alcanzó el 90% de la superficie cultivada, el incremento de rendimiento es evidente. Evidente es también que esta no es la única tecnología disponible ni una panacea para la producción agrícola.

Dimensión ambiente – alimentos – salud

Cuando se plantean discusiones respecto a los cultivos transgénicos, quizás la principal preocupación de la mayoría de la población es el impacto que estos tendrán en el medio ambiente, en la inocuidad de los alimentos y en la salud en general.

Ante esta preocupación es importante mencionar que ninguna agencia regulatoria del mundo a encontrado evidencias respaldadas científicamente de que estos cultivos afecten al medio ambiente, a la inocuidad de los alimentos o a la salud en general. En realidad, la evidencia científica que confirma la inocuidad y seguridad de estos cultivos es abrumadora. Una pequeña muestra de esta evidencia se puede acceder en la base de datos GENERA (Genetic Engineering Risk Atlas). A continuación se mencionan algunos estudios al respecto.

Nuevamente, el estudio Impact of genetically engineered maize on agronomic, environmental and toxicological traits: a meta-analysis of 21 years of field data por Elisa Pellegrino, Stefano Bedini, Marco Nuti y Laura Ercoli de la Escuela de Estudios Avanzados Sant’Anna de Pisa, Italia, publicado por la revista Nature en 2018 proporcionó “pruebas sólidas de que el cultivo de maíz transgénico reduce el contenido de micotoxinas en el grano”, lo que “puede verse como una herramienta eficaz para reducir la contaminación del grano” de maíz y consecuentemente la protección de la salud de animales y humanos. Los autores concluyeron que “los resultados apoyan el cultivo de maíz transgénico, principalmente debido a la mejora de la calidad del grano y la reducción de la exposición humana a las micotoxinas”. El mismo estudio “mostró que el maíz transgénico no afectó significativamente a la mayoría de las familias” de organismos no blanco, lo que significa que la resistencia a insectos introducida a maíz transgénico no afecta a insectos que no son plaga de este de cultivo.

Los investigadores Chelsea Snell, Aude Bernheim, Jean-Baptiste Bergé, Marcel Kuntz, Gérard Pascal, Alain Paris y Agnès Ricroch de la Universitad de Nottingham, Reino Unido publicaron en 2011 en la revista Food and Chemical Toxicology el estudio Assessment of the health impact of GM plant diets in long-term and multigenerational animal feeding trials: a literature review donde realizaron una evaluación mediante revisión de la literatura del impacto en la salud de las dietas de plantas GM (transgénicas) en ensayos de alimentación animal a largo plazo y multigeneracionales. Una de sus principales conclusiones es que los resultados de todos los estudios analizador por ellos “no sugieren ningún peligro para la salud” y que “los estudios revisados presentan evidencia para demostrar que las plantas transgénicas son nutricionalmente equivalentes a sus contrapartes no transgénicas y pueden usarse de manera segura en alimentos para humanos y para animales”.

Los investigadores Alessandro Nicolia, Alberto Manzo, Fabio Veronesi y Daniele Rosellini de la Universidad de Perugia, Italia y del Ministerio de Agricultura de Italia publicaron en 2014 en la revista Critical Reviews in Biotechnology el artículo An overview of the last 10 years of genetically engineered crop safety research y concluyeron que, después de haber revisado la literatura científica sobre la seguridad de los cultivos transgénicos durante 10 años, captaron el consenso científico al que se ha llegado desde que las plantas transgénicas se cultivaron ampliamente en todo el mundo, y que “la investigación científica realizada hasta ahora no ha detectado ningún peligro significativo directamente relacionado con el uso de cultivos transgénicos ".

En el estudio Unintended Compositional Changes in Genetically Modified (GM) Crops: 20 Years of Research publicado en la revista Journal of Agricultural and Food Chemistry, los investigadores Rod Herman y William Price de Dow AgroSciences LLC y de la FDA de EEUU recopilaron 20 años de investigación sobre la equivalencia de composición entre cultivos genéticamente modificados (GM) y comparadores no transgénicos; y concluyeron que “los efectos de composición no intencionados sospechosos que podrían ser causados por la modificación genética no se han materializado".

Los investigadores A. L. Van Eenennaam y A. E. Young de la Universidad de California, Davis en EEUU publicaron el estudio Prevalence and impacts of genetically engineered feedstuffs on livestock populations incorporando casi 29 años de datos (tanto antes de la introducción de alimentos transgénicos como después) sobre la prevalencia y los impactos de alimentos transgénicos en las poblaciones de ganado. Este estudio “no ha revelado perturbaciones inesperadas o tendencias perturbadoras en el desempeño animal o en sus indicadores de salud” y que “no es posible distinguir diferencias en el perfil nutricional de los productos animales tras el consumo de alimento animal transgénico”.

Además, la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que "no se han demostrado efectos en la salud humana como resultado del consumo de alimentos transgénicos por parte de la población en general en los países donde han sido aprobados" en su sitio oficial. De igual manera, la Unión Europea en su publicación A decade of EU-funded GMO research (2001-2010) que “la biotecnología, y en particular los OGM, no son per se más riesgosos que, por ejemplo, tecnologías convencionales de fitomejoramiento”. Finalmente, las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de EEUU han elaborado un reporte en el que se concluye que “la evidencia muestra que la siembra de cultivos transgénicos ha resultado en gran medida en efectos menos adversos o equivalentes en el medio ambiente agrícola en comparación con los sistemas convencionales no transgénicos que los cultivos transgénicos reemplazaron”.

Se suele argumentar que los cultivos transgénicos, particularmente los resistentes a insectos, también conocidos como Bt, podrían afectar negativamente a la fauna natural, particularmente a las abejas. Sin embargo, la evidencia científica no apoya este argumento. El estudio A Meta-Analysis of Effects of Bt Cotton and Maize on Nontarget Invertebrates por Michelle Marvier, Chanel McCreedy, James Regetz y Peter Kareiva de La Universidad Santa Clara, de la Universidad de California Santa Barbara y de The Nature Conservancy, en EEUU, publicado en la revista Science en 2007 concluyó que “un metaanálisis de 42 experimentos de campo indica que los invertebrados no objetivo son generalmente más abundantes en los campos de algodón Bt y maíz Bt que en los campos no transgénicos manejados con insecticidas”. Además, los hallazgos del estudio A Meta-Analysis of Effects of Bt Crops on Honey Bees (Hymenoptera: Apidae) publicado en la revista PlosOne por Jian Duan, Michelle Marvier, Joseph Huesing, Galen Dively y Zachary Huang en 2008 “respaldan las evaluaciones de seguridad que no han detectado ningún efecto negativo directo de los cultivos Bt para este insecto polinizador vital”.

El estudio Environmental impacts of genetically modified (GM) crop use 1996–2018: impacts on pesticide use and carbon emissions por Graham Brookes y Peter Barfoot de PG Economics en el Reino Unido y publicado en la revista GM Crops & Food en 2020 concluyó específicamente que la tecnología de cultivos transgénicos “ha ayudado a los agricultores a ser más eficientes en la aplicación de productos fitosanitarios, lo que no solo reduce su impacto ambiental, sino que también ahorra tiempo y dinero”. El mismo estudio también ha concluido que “la tecnología también está cambiando la huella de carbono de la agricultura, ayudando a los agricultores a adoptar prácticas más sostenibles, como la labranza reducida, que ha disminuido la quema de combustibles fósiles y ha permitido que se retenga más carbono en el suelo” lo que “ha llevado a una disminución de las emisiones de carbono”.

También el estudio A Meta-Analysis of the Impacts of Genetically Modified Crops por Wilhelm Klümper y Matin Qaim de la Universidad de Goettingen, Alemania, publicado por la revista PlosOne en 2014 evidenció que “la adopción de tecnología transgénica ha reducido el uso de pesticidas químicos en un 37%”.

A este respecto, para oponerse a los cultivos transgénicos, se ha tratado de utilizar datos del incremento de importación de pesticidas y agroquímicos en general hacia Bolivia, para argumentar que este incremento demostraría que la reducción en el uso pesticidas no ocurriría en Bolivia. Lamentablemente no se aportan estudios sistemáticos, si no solamente tendencias que ponen en la misma bolsa a fertilizantes, fungicidas, herbicidas e insecticidas sin ningún criterio técnico: No se diferencian insecticidas de fungicidas o insecticidas, no se diferencian principios activos por nivel de toxicidad, etc. Esta estrategia argumental es, en el mejor de los casos, deshonesta.

Los propugnadores de este argumento también tienden a hablar bastante del herbicida glifosato, y sus supuestos riesgos para el medio ambiente y la salud. Sin embargo, nuevamente la evidencia no apoya esta suspicacia. Simplemente como ejemplos, se pueden mencionar los siguientes estudios: Epidemiologic studies of glyphosate and cancer: A review por Pamela Mink, Jack Mandel, Bonnielin Sceurman y Jessica Lundind de la Universidad Emory y Exponent Inc. en EEUU, publicado en 2012 en la revista Regulatory Toxicology and Pharmacology; Systematic review and meta-analysis of glyphosate exposure and risk of lymphohematopoietic cancers por Ellen Chang y Elizabeth Delzell de la Universidad de Stanford y Exponent Inc. en EEUU, publicado en 2016 en la revista Journal of Environmental Science and Health, Part B; Glyphosate toxicity and carcinogenicity: a review of the scientific basis of the European Union assessment and its differences with IARC por Jose Tarazona, Daniele Court-Marques, Manuela Tiramani, Hermine Reich, Rudolf Pfeil, Frederique Istace y Federica Crivellente de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) y del Instituto Federal de Evaluación de Riesgo de Alemania, publicado en 2017 en la revista Archives of Toxicology; y finalmente el estudio Glyphosate Use and Cancer Incidence in the Agricultural Health Study por Gabriella Andreotti, Stella Koutros, Jonathan Hofmann, Dale Sandler, Jay Lubin, Charles Lynch, Catherine Lerro, Anneclaire De Roos, Christine Parks, Michael Alavanja, Debra Silverman y Laura Beane Freeman de los Institutos Natonalde de Salud de EEUU, de la Universidad de Iowa y de la Universidad Drexel en EEUU, publicado en 2017 en la revista Journal of the National Cancer Institute. Todos estos estudios evidencian la inocuidad del glifosato, pero no se ingresa en más detalles debido a que la oposición al uso del glifosato no está completamente ligada a la oposición a los transgénicos. Hay cultivos trangénicos que no utilizan glifosato. La oposición al glifosato es un tema aparte, que se intenta acoplar artificialmente a los cultivos transgénicos ingresando a la dimensión político – ideológica.

El estudio The role of transgenic crops in sustainable development por Julian Raymond Park, Ian McFarlane, Richard Hartley Phipps y Graziano Ceddia de la Universidad de Reading en el Reino Unido y publicado en la revista Plant Biotechnology Journal ha concluido enfáticamente que “no se han documentado efectos nocivos después de 12 años de cultivo extensivo en diversos ambientes y después del consumo de alimentos biotecnológicos por más de mil millones de seres humanos y por un mayor número de animales”.

Por si fuera poco, la base de datos GENERA (Genetic Engineering Risk Atlas) y el estudio Conflict of interests and evidence base for GM crops food/feed safety research de Miguel Sanchez de ChileBio-CropLife en Chile, publicado en la revista Nature Biotechnology en 2015 evidencian que la mayoría de los estudios que demuestran la seguridad e inocuidad de los cultivos transgénicos son financiados independientemente y no tienen ningún conflicto de intereses respecto a empresas que desarrollan estos cultivos. Es más, el estudio Characterization of scientific studies usually cited as evidence of adverse effects of GM food/feed de Miguel Sanchez y de Wayne A. Parrott de ChileBio-CropLife y de la Universidad de Georgia, EEUU, respectivamente; publicado en la revista Plant Biotechnology Journal en 2017 demuestra que los pocos artículos que alegan daños debido a los alimentos transgénicos son de calidad inferior, con fallas metodológicas graves, publicados en revistas de bajo nivel (a veces sin ningún factor de impacto) e involucran conflictos de intereses más frecuentes de lo que se ve en la literatura general sobre alimentos transgénicos. También, el estudio Association of financial or professional conflict of interest to research outcomes on health risks or nutritional assessment studies of genetically modified products de Johan Diels, Mario Cunha, Célia Manaia, Bernardo Sabugosa-Madeira y Margarida Silva de la Universidad Católica Portuguesa, la Universidad de Porto y de la Escuela Superior Agrária de Ponte de Lima, Portugal; publicado el 2011 en la revista Food Policy refuta el argumento de que el consenso científico a favor de los cultivos transgénicos han sido el resultado de estudios defectuosos o fraudulentos financiados por las empresas que los desarrollan. Este estudio demuestra que no existe una tendencia de contradicciones sistemáticas entre la investigación financiada por las empresas y el resto de la literatura científica.

En resumen, existe un consenso científico internacional abrumador con respecto a la seguridad e inocuidad de los cultivos transgénicos.

Dimensión normativa – legal

Es importante mencionar que, aunque es muy deseable, en muy pocas instancias la normativa boliviana está basada en evidencia científica. Esto tiene mucho que ver con la contaminación de esta dimensión con la dimensión político-ideológica.

Como contexto, en el marco de los trabajos de Robert L. Paalberg del IFPRI, Governing the GM crop revolution. Policy choices for developing countries y de Erik Katovich de la Universidad de Minnesota, The Regulation of Genetically Modified Organisms in Latin America: Policy Implications for Trade, Biosafety, and Development, es interesante ver que la legislación boliviana sobre la tecnología de cultivos transgénicos, en el ámbito de los derechos de propiedad intelectual, se puede clasificar como preventiva (tiende a bloquear la propagación de la tecnología); en el ámbito de bioseguridad, se puede clasificar como precautoria (destinada a frenar la tecnología por diversas razones), lo que es natural ya que se desprende del carácter preventivo del Protocolo de Cartagena sobre seguridad de la Biotecnología del Convenio sobre la Diversidad Biológica; en el ámbito del comercio y en el ámbito de la seguridad alimentaria y de las elecciones del consumidor, se puede clasificar como permisiva (neutral hacia la tecnología pues ni acelera ni ralentiza su propagación); y en el ámbito de investigación pública, se puede clasificar como preventiva (tiende a bloquear la propagación de la tecnología). Independientemente de la evidencia científica que la apoye, se puede decir que la legislación boliviana es pragmática: Tiende a facilitar la propagación de esta tecnología con el fin de favorecer movimiento comercial. Sin embargo, se limitan otro tipo de actividades como la investigación y la innovación.

En lo que se refiere al contenido de la legislación boliviana, usualmente se trata de instalar en la discusión la falacia de que los transgénicos en general “están prohibidos” o “son ilegales” en Bolivia. Basta leer el artículo 255 de la Constitución Política del Estado (CPE) para entender que los que están prohibidos son aquellos “que dañen la salud y el medio ambiente”. Es decir, nuevamente se debe hacer referencia a la evidencia, a las pruebas técnico-científicas que demuestren estos daños. Adicionalmente, el artículo 409 de la CPE menciona específicamente que “La producción, importación, y comercialización de transgénicos será regulada por Ley”. Regulación no es lo mismo que prohibición. Finalmente, el Convenio sobre la Diversidad Biológica ratificado por la Ley 1580 de 1994 y el Protocolo de Cartagena sobre seguridad de la Biotecnología del Convenio sobre la Diversidad Biológica, ratificado mediante la Ley 2274 de 2001 hacen parte del bloque constitucional de acuerdo al artículo 410 de la CPE. Ambos establecen específicamente la necesidad de realizar evaluaciones de riesgo (no de prohibición).

La Ley 144 de Revolución Productiva Comunitaria Agropecuaria de 2011 en su artículo 15, numeral 2, reafirma que lo que no se introducirá a Bolivia son “semillas genéticamente modificadas de especies de las que Bolivia es centro de origen o diversidad, ni aquellos que atenten contra el patrimonio genético, la biodiversidad, la salud de los sistemas de vida y la salud humana”. Nuevamente se hace una especificación y no una generalización. Es más, la misma ley 144 en su artículo 15, numeral 3 indica que “todo producto destinado al consumo humano de manera directa o indirecta, que sea, contenga o derive de organismos genéticamente modificados, obligatoriamente deberá estar debidamente identificado e indicar esta condición”. Esto expresa claramente regulación y no así prohibición, regulación que además ha sido refrendada por el DS 2452. También la ley 144 expresa en su artículo 19 que “se establecerán disposiciones para el control de la producción, importación y comercialización de productos genéticamente modificados”. Este control no es lo mismo que prohibición.

La Ley 300 o Ley Marco de la Madre Tierra de 2012, establece en su artículo 24 que se prohiban “la introducción, producción, uso, liberación al medio y comercialización de semillas genéticamente modificadas en el territorio del Estado Plurinacional de Bolivia, de las que Bolivia es centro de origen o diversidad y de aquellas que atenten contra el patrimonio genético, la biodiversidad, la salud de los sistemas de vida y la salud humana”. Nuevamente, esta prohibición está sujeta a la demostración de estas características, lo que se hace a través del proceso regulatorio y la evaluación de riesgos.

Llama la atención también que la misma Ley 300 en su artículo 15 determina que el Estado impulsará “patrones de producción más sustentables, limpios y que contribuyan a una mayor calidad ambiental” y limitará “la utilización de tecnologías degradantes y compuestos químicos tóxicos”. Ambos objetivos se pueden lograr con organismos transgénicos, ya que estos reducen la utilización de agroquímicos como se ha demostrado en varios estudios, por ejemplo: A Meta-Analysis of the Impacts of Genetically Modified Crops por Wilhelm Klümper y Matin Qaim de la Universidad de Goettingen, Alemania, publicado por la revista PlosOne y The role of transgenic crops in sustainable development por Julian Raymond Park, Ian McFarlane, Richard Hartley Phipps y Graziano Ceddia de la Universidad de Reading en el Reino Unido, publicado por la revista Plant Biotechnology Journal.

Como se puede ver, la tecnología de cultivos transgénicos NO ESTÁ PROHIBIDA en Bolivia, sino sujeta a regulación como en cualquier otro país parte del Convenio sobre la Diversidad Biológica y del Protocolo de Cartagena sobre seguridad de la Biotecnología.

Recientemente, también se ha tratado de mostrar como evidencia en contra de los cultivos transgénicos el hecho de que un jurado de California, EEUU haya otorgado a un jardinero 289 millones de dólares en daños contra la empresa Monsanto (ahora propiedad de Bayer), basado en la afirmación de que esta persona desarrolló linfoma no Hodgkin debido a su exposición al herbicida glifosato. Este herbicida ha sido desarrollado por Monsanto y muchos cultivos transgénicos son tolerantes a él para facilitar el control de malezas en el campo. Más allá de qué hay otros cultivos transgénicos que no son tolerantes a glifosato (lo que invalida la generalización de su relación con este herbicida), la decisión de un jurado no puede sobreponerse a la evidencia científica. En última instancia, este caso se basó en una evaluación de una afirmación científica, y cuestiones científicas no deberían ser decididas por jurados no expertos ya que estos pueden tomar decisiones basados en sus emociones y deseos de “castigar” a empresas multinacionales independientemente de lo que diga la ciencia.

También se argumenta que la obligación de pago por royalties a las empresas desarrolladoras de estos cultivos es ilegítima o atenta contra la independencia de los agricultores. Este argumento evidencia el desconocimiento de quienes lo plantean respecto a la normativa de semillas a nivel mundial. Como cualquier creación a partir del ingenio humano, las variedades vegetales están sujeta a los derechos de propiedad intelectual. Los desarrolladores de variedades vegetales protegen sus productos mediante el registro de variedades y el cobro de royalties al momento de comprar sus semillas. Este fenómeno no es exclusivo de las variedades transgénicas, lo que nuevamente invalida la generalización de que este mecanismo justifica la eliminación de este tipo de cultivos.

Entonces, aunque la normativa boliviana no prohíbe los cultivos transgénicos en su totalidad, pone requisitos para prohibirlos según el caso y según se demuestren efectos dañinos o adversos, en base a la evidencia científica que es precisamente lo que tendríamos si nuestro proceso regulatorio funcionara. Esto no quita que, en algunos casos, la legislación boliviana se ha diseñado basada más en preceptos político – ideológicos que técnico – científicos, y sería ideal que esto se modifique.

Dimensión socio – económica

La evidencia también apoya fuertemente la adopción de estos cultivos, si se los observa desde la dimensión socio – económica.

El estudio The role of transgenic crops in sustainable development de Julian Raymond Park, Ian McFarlane, Richard Hartley Phipps y Graziano Ceddia de la Universidad de Reading en Reino Unido, publicado el 2010 en la revista Plant Biotechnology Journal concluyó que los cultivos trangénicos “pueden contribuir en los tres pilares tradicionales de la sostenibilidad, es decir, económicamente, ambientalmente y socialmente”.

Además, el mismo estudio reporta que “la adopción de variedades tolerantes a insectos y herbicidas a menudo conduce a reducciones en las aplicaciones de plaguicidas en comparación con los ‘sistemas convencionales’, con el consiguiente ahorro de costos”. La evidencia provista en el mismo estudio “sugiere fuertemente que tanto en los países desarrollados como en vías de desarrollo, la adopción de cultivos transgénicos puede incrementar los ingresos del agricultor. El aumento de los ingresos de los pequeños agricultores en los países en desarrollo puede tener un impacto directo en el alivio de la pobreza y la calidad de vida”. También considera impactos directos sobre la salud como efectos beneficiosos dentro la dimensión social. Por ejemplo el silenciamiento de alergenos del maní en planas transgénicas, o el desarrollo de plantas transgénicas que mejoren la calidad de las proteínas, modifiquen los carbohidratos y los ácidos grasos, agreguen micronutrientes o introduzcan metabolitos secundarios funcionales.

Este estudio concluye que “en relación con la dimensión social del desarrollo sostenible, los cultivos transgénicos pueden tener impactos indirectos en la salud, particularmente a través de la reducción en el manejo y uso de plaguicidas. Sin embargo, los avances en la biotecnología, en particular los relacionados con la modificación nutricional y la mejora de los alimentos, tienen el potencial de mejorar radicalmente la salud y la nutrición humanas tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados”.

Respecto a la dimensión puramente económica, el estudio concluye que “la mayor parte de la evidencia sugiere que, en el peor de los casos, los cultivos transgénicos son neutrales en cuanto al costo, aunque la mayor parte de la evidencia sugiere un beneficio económico en toda la gama de países que los cultivan”, y que “las ventajas se relacionan con el ahorro de insumos y, en algunos casos, el aumento del rendimiento de los cultivos y de la calidad”.

Es interesante ver que el mismo estudio también concluye que “los cultivos transgénicos ciertamente no brindan una ‘solución milagrosa’ en relación con el desarrollo sostenible, pero la evidencia de la investigación presentada aquí sugiere que brindan un conjunto de herramientas que deben estar y deben permanecer disponibles para los productores de alimentos”. Sus oponentes usualmente caricaturizan el apoyo técnico-científico a estos cultivos como una posición de “apoyo incondicional”, hablan de “cultivos mimados” o de “falsas promesas”. Ninguna solución tecnológica es perfecta. La evidencia científica precisamente permite aquilatar los beneficios y no entrar en extremismos, lo que ocurre cuando se impone la ideología.

El estudio A Meta-Analysis of the Impacts of Genetically Modified Crops por Wilhelm Klümper y Matin Qaim de la Universidad de Goettingen, Alemania, publicado por la revista PlosOne en 2014 evidencia que los cultivos transgénicos “han reducido el costo de los plaguicidas en un 39%”, que “las semillas transgénicas son más caras que las no transgénicas, pero los costos adicionales de las semillas se compensan mediante ahorros en el control químico y mecánico de plagas” y que “el incremento promedio de ganancias para los agricultores que adoptan transgénicos es del 69%”. El estudio “confirma que, a pesar de la heterogeneidad del impacto, los beneficios económicos y agronómicos promedio de los cultivos transgénicos son grandes y significativos”; que “los aumentos de rendimiento y las reducciones de pesticidas son mayores para los cultivos resistentes a insectos que para los cultivos tolerantes a herbicidas” y que “el rendimiento y las ganancias de los agricultores son mayores en los países en desarrollo que en los países desarrollados”.

Finalmente, el estudio GM crop technology use 1996-2018: farm income and production impacts por Graham Brookes y Peter Barfoot de PG Economics en el Reino Unido y publicado en la revista GM Crops & Food en 2020 muestra que “sigue habiendo beneficios económicos netos muy importantes a nivel de finca que ascienden a 18.9 mil millones de dólares en 2018 y 225.1 mil millones de dólares para el período 1996-2018 (en términos nominales). Estos beneficios se han dividido en un 52% entre los agricultores de los países en desarrollo y el 48% entre los agricultores de los países desarrollados. Setenta y dos por ciento de las ganancias se han derivado de ganancias de rendimiento y producción, y el 28% restante proviene de ahorros en costos”. El mismo estudio muestra que “en términos de inversión, por cada dólar adicional invertido en semillas de cultivos transgénicos (en relación con el costo de la semilla convencional), los agricultores obtuvieron un ingreso adicional promedio de 3.75 dólares. En los países en desarrollo, el rendimiento promedio fue de 4.41 dólares por cada dólar adicional invertido en semillas de cultivos transgénicos y en los países desarrollados el rendimiento promedio fue de 3.24 dólares”. El estudio concluye diciendo que “sigue habiendo un conjunto considerable y creciente de evidencia, en la literatura revisada por pares, [...] que cuantifica los impactos económicos positivos de la biotecnología de cultivos” Además de que “el análisis proporciona información sobre las razones por las que tantos agricultores de todo el mundo han adoptado y continúan utilizando la tecnología”.

Nuevamente, la evidencia apoya abrumadoramente la adopción de cultivos transgénicos, pues se han percibido beneficios socio – económicos tanto a nivel de agricultores individuales, como a nivel de países.

Dimensión político – ideológica

Como se ha mencionado brevemente más arriba, esta dimensión tiende a contaminar la discusión sobre cultivos transgénicos en las otras dimensiones. A veces se utiliza como instrumento retórico y otras veces simplemente como ataques ad hominem sesgados y sin atención a la evidencia científica.

También se ha prestado atención a esta dimensión en la literatura científica. En el artículo Is opposition to GM crops science or politics? An investigation into the arguments that GM crops pose a particular threat to the environment, publicado en la revista EMBO Reports en 2001, los autores Anthony Trewavas y Christopher Leaver de la Universidad de Edinburgo y de la Universidad de Oxford en el Reino Unido, concluyeron que “los cultivos transgénicos a menudo producen claros beneficios ambientales y ecológicos en comparación con algunas de las tecnologías que están reemplazando. De hecho, muchas de las críticas planteadas a los cultivos transgénicos son más un reflejo de las preocupaciones sobre la naturaleza cambiante de la agricultura que de temores específicos relacionados con los cultivos transgénicos”. Además, los mismos autores puntualizan que “las afirmaciones de los críticos deben considerarse en el contexto de la seguridad y los beneficios demostrados en lugar de los riesgos sin fundamento” y que actuar “sobre especulaciones exageradas y sin fundamento que provienen de una comprensión deficiente de la biología, o tal vez únicamente de la ideología”, es más seguro que conduzca al desastre. Así mismo, Stefan Flothmann y Jan van Aken de Greenpeace, Alemania en el artículo Of maize and men. Is the endorsement of GM crops science or politics? publicado también en EMBO Reports en 2001, reafirma que a la pregunta de “si la oposición a los cultivos transgénicos es ciencia o política. Para Greenpeace, como grupo de presión política, la respuesta es clara: es política”.

En el artículo Opposition to transgenic technologies: ideology, interests and collective action frames por Ronald Herring de la Universidad de Cornell en EEUU, publicado en la revista Nature Reviews Genetics en 2008, el autor afirma que “la oposición a la biotecnología agrícola ha sido liderada por organizaciones no gubernamentales internacionales” o por “redes de activismo transnacionales menos sustanciales pero efectivas”, y que “la oposición exitosa ha tenido lugar en las instituciones formales-legales, no en los campos de los agricultores, donde los intereses directos han superado a la ideología”. El mismo autor afirma que “los obstáculos [a estas tecnologías] planteados por la oposición política han sido más poderosos” y que el acceso a ellas “todavía está limitado por la política en muchos lugares”. También especula que “parece totalmente posible que el marco de los OGM disminuya con el tiempo en el ámbito de la política de nicho, similar a la oposición a las vacunas o la pasteurización, o al ámbito de las preferencias alimentarias discrecionales entre las personas bien alimentadas”.

En esa misma línea, David Freedman en el artículo The Truth about Genetically Modified Food publicado en la revista Scientific American de EEUU en 2013 afirma que “algunos científicos dicen que las objeciones a los alimentos transgénicos provienen de la política más que de la ciencia, que están motivadas por una objeción a las grandes corporaciones multinacionales que tienen una enorme influencia sobre el suministro de alimentos” y que “invocar los riesgos de la modificación genética solo proporciona una forma conveniente de azotar a las masas contra la agricultura industrial”. En el mismo artículo se cita a Mark Lynas, un ex-activista anti-transgénicos, afirmando que la multitud anti-transgénicos es “explícitamente un movimiento anti-ciencia”.

En el artículo conceptual Science, ideology and daily life. La ideología de la ciencia y de la vida cotidiana publicado en la revista Journal of Innovation & Knowledge en 2018, el autor Marc Van Montagu de la Universidad de Gent en Bélgica afirma, respecto a la agricultura, que “con los avances de la ciencia moderna, está claro que es posible hacer sostenible la agricultura intensiva” y que “en la superficie que ya ha sido destruida, es posible duplicar o triplicar la producción de cultivos mediante el uso de avances científicos recientes. Desafortunadamente, esto se ve obstaculizado por ideologías obstruccionistas”.

La oposición a los cultivos transgénicos es muy difícil de justificar dentro de esta dimensión mediante argumentos objetivos, pues en las posiciones político – ideológicas juegan las creencias personales, la subjetividad y los sesgos cognitivos comunes a todos los seres humanos. Es también muy difícil argumentar respecto a posiciones ideológicas con hechos o evidencia factual, pues la ideología se protege a sí misma mediante la racionalización de las creencias que genera y utiliza para ello los sesgos cognitivos y el meta-sesgo conocido como “punto ciego a los sesgos”.  Esto ya ha sido expuesto en el estudio Fatal attraction: The intuitive appeal of GMO opposition por Stefaan Blancke, Frank Van Breusegem, Geert De Jaeger, Johan Braeckman y Marc Van Montagu de la Universidad de Gent en Bélgica, quienes argumentaron que “las expectativas intuitivas sobre el mundo hacen que la mente humana sea vulnerable a determinadas tergiversaciones de los transgénicos”. Estos investigadores concluyeron que “la biología popular, las intuiciones religiosas y las emociones, como el disgusto, dejan la mente fácilmente seducida por las representaciones de los transgénicos como anormales o tóxicos. Al señalar cómo la aversión pública a los transgénicos se nutre de tales preferencias, es comprensible por qué la gente sigue recurriendo sistemáticamente a preocupaciones sobre los transgénicos que no tienen fundamento científico”.

Los argumentos político – ideológicos que se utilizan para oponerse a los cultivos transgénicos en Bolivia ya se han mencionado indirectamente en la literatura científica presentada: El modelo agropecuario global, la crisis del capitalismo, el control corporativo de los alimentos, la agricultura global, el modelo agrícola corporativo, las corporaciones propietarias de los transgénicos, el modelo agro-extractivista, el agronegocio, y todas las permutaciones de estos términos son agentes extraños y ajenos que se platean como el mal mayor contra el cual se debe luchar, para liberarse, o ejercer soberanía, o algún otro objetivo de similar sonoridad e impacto emocional. Como ninguno de estos agentes está específicamente asociado a los cultivos transgénicos (pues se pueden asociar a cualquier tipo de actividad económica generadora de riqueza) es muy difícil identificar una relación causa – efecto demostrable objetivamente. Estas relaciones existen solamente dentro del pensamiento de quien las expone, y luego se tratan de apoyar o defender mediante instrumentos retóricos (herramientas muy antiguas del debate político) o tergiversando la evidencia científica objetivamente verificable.

También es muy difícil identificar la verdad desde la dimensión político – ideológica pues los dogmas se sobreponen a la objetividad. No se trata meramente de un tema de valores, pues en estos se puede coincidir en la generalidad, pero es en los detalles, o los medios para llegar a los objetivos, en los que la discusión se diluye pues no necesariamente existen medios objetivos para determinar qué corriente político – ideológica es la correcta.

El debate político – ideológico, si no se entabla con la apertura de mente para cambiar las ideas iniciales (que usualmente no es el caso), es vació e infructífero. Las ideologías, como cualquier creencia, tienen un componente irracional difícil de superar sin las herramientas de la ciencia: Controles doble ciego, colaboración entre diferentes grupos de investigación, examinación de resultados en conferencias y revistas revisadas por pares, replicación de resultados en otros centros de investigación, inclusión de evidencia refutatoria, interpretaciones contradictorias de resultados, escepticismo sobre los resultados, y el principio de evidencia positiva son herramientas que hacen que la ciencia y el conocimiento avancen. Las ideologías políticas tienden a estancarse hasta ser superadas por otras ideologías que nuevamente se estancan. Los dogmas no evolucionan.

Entonces, la discusión sobre cultivos transgénicos dentro de esta dimensión, aunque puede ser válida, y hasta necesaria, es muy difícil que sea fructífera. Entendiéndose como los frutos de la discusión la toma de decisiones y quizás la implantación de políticas públicas. La ideología política, por ser muy difícil de cambiar, impide que se llegue a acuerdos, pues en el debate político – ideológico se busca vencer, independientemente de lo que diga la evidencia objetiva.

Una persona que decide no comer cerdo –o cualquier alimento de origen animal– por razones religiosas (o ideológicas) tiene todo el derecho de no hacerlo, ojalá asumiendo las consecuencias tanto negativas como positivas. ¿Alguien puede decirle que su decisión es correcta o incorrecta? Seguramente habrá argumentos nutricionales para apoyar o no a esta posición. Sin embargo, difícilmente se podrá “probar” la validez o la invalidez de ese comportamiento. Esa persona cree que ese comportamiento es el correcto, y será muy difícil convencerla de lo contrario. Sin embargo, no tiene derecho de imponer estas decisiones en el resto de la sociedad y menos de imponer políticas públicas que fuercen estos comportamientos en los demás.

A manera de conclusión

Como puede verse, el contaminar la discusión sobre cultivos transgénicos con una sola dimensión, dejando de lado u ocultando las otras dimensiones no permite que la discusión sea fructífera. La discusión dentro de la dimensión político – ideológica, aunque valida y quizás necesaria, no es la única dimensión, ni la más importante en este debate.

Lamentablemente, en Bolivia se ha dado un fenómeno curioso. A inicios de este siglo, la discusión se inició dentro de la dimensión agrícola – productiva y de la dimensión ambiente – alimentos – salud. Cuando los argumentos científicos a favor de los cultivos transgénicos dominaron estas dimensiones, se pasó a la dimensión socio – económica y normativa legal. Y finalmente, cuando la evidencia resultó también favorable a los cultivos transgénicos, se pasó a la dimensión política – ideológica, que quizás en el fondo era la única dimensión en la que querían estar los opositores a esta tecnología. También lamentablemente, la discusión, para los opositores a esta tecnología se ha estancado dentro de la dimensión política – ideológica, pues es dentro de ella donde pueden seguir removiendo los argumentos y extenderse ad infinitum.

Afortunadamente, las otras dimensiones nos muestran que, al menos en este caso, la oposición a una tecnología, cualquiera que esta sea, es un error. Es estar del lado equivocado de la historia, pues la ciencia tiene un mecanismo de autocorrección que no tiene la ideología. La ciencia no es ideología precisamente porque puede evolucionar, puede equivocarse y puede corregirse, simplemente basada en la evidencia acumulada a través del método científico. En este caso la evidencia es abrumadoramente favorable a los cultivos transgénicos, y aun así el consenso científico apoya su regulación caso por caso. La prohibición, apoyada por sesgos dogmáticos y sin respaldo científico simplemente impide el desarrollo y el avance de la sociedad. El diálogo con un interlocutor sordo es infructífero e injustificado.

En conclusión, el diálogo tendrá resultados beneficiosos para el país mientras nos ordenemos en qué dimensiones vamos a poder debatir y llegar a conclusiones; y mientras podamos ver la evidencia de manera objetiva. El centrarse demasiado en la única dimensión en la que es difícil consensuar y ponerse de acuerdo sobre la realidad fáctica (la dimensión político – ideológica), es simplemente perder la oportunidad de avanzar. La evidencia está ahí para los que desean verla, los que no desean verla están simplemente jugando a perjudicar el desarrollo científico y tecnológico de nuestra agricultura, haciendo uso, entre otras herramientas, de los cultivos transgénicos.

Sergio
Sergio Daniel Moreira Ascarrunz estudió en la Universidad Mayor de San Andrés, La Paz. Obtuvo su Maestría en la Universidad de Utsunomiya, Japón y su Doctorado en la Universidad de Agricultura y Tecnología de Tokio, Japón. Fue investigador invitado en la Universidad de California, Davis, EEUU y trabajó como investigador post doctoral en la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas. Es especialista en Fitopatología, Ecología Microbiana, Biología Molecular, Bioestadística, Diseño Expermiental y Análisis Estadístico. Además de la investigación científica, está interesado en comunicar ciencia y pensamiento crítico a la sociedad en general.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *